-Tu mamá está muy
loca- crecí escuchando desde que era una niña, y hasta hace poco, creía
firmemente en que era verdad.
-Tu mamá está muy
loca – decían las mismas personas que tantas veces la lastimaron y abusaron de
su cordura
- Mi mamá siempre
está enojada – decía una versión adolescente de mí misma que no entendía que el
dolor con el tiempo, de tanto ser ignorado, se convierte en ira.
Han pasado un par de
años y me he convertido en mi mamá,
Y a pesar de que en
eso en algún momento fue un miedo, hoy lo digo con orgullo.
Las mismas personas
que la llamaban loca y a mí me aprobaban porque era “diferente”, hoy se
sorprenden de cuánto he cambiado,
Y a mí yo adolescente
la dejaría estupefacta el saber cuánta rabia cargamos.
Algún día mi mamá y
yo fimos niñas, llenas de sueños y bondad,
También fuimos
adolescentes, con rebeldía inminente y unas ganas gigantes de cambiar al mundo,
Todo para terminar sumidas
en decepción al darnos cuenta de que no podíamos.
Ahora mi mamá y yo
somos adultas, mujeres, féminas,
Y al mundo parece
haberle incomodado el perder el control de nuestras acciones sin poder tomar
ventaja de una inocencia ahora inexistente,
Porque ahora somos
mujeres y adultas.
Mujeres que de tanto
pedir que no tocaran donde dolía y ser ignoradas, tuvieron que armarse de rabia
y gritarlo a ver si así escuchaban
Y claro que escucharon
Pero no somos las
mismas.
Mi mamá tuvo que
vivir su dolor en silencio, para que yo hoy gritara el mío,
Soportó faltas de
respeto, para que yo no tolerara ninguna,
Y tuvo que trabajar
en lugar de estudiar, para que yo hoy sea universitaria.
Mi mamá quizás sí
está loca,
Pero yo también.
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