A veces, me siento tan pequeñita como una hormiga a la cual cualquier viento fuerte podría derrumbar.
También siento que todo es más fuerte y grande que yo, que es inevitable que un día en medio de cualquier distracción, al ser tan pequeñita, cualquier cosa me pise y ya yo no pueda levantarme más.
Y eso me asusta.
A veces me siento tan pequeña que no puedo apuntar mi cabeza hacia arriba por temor a ver a todos siendo más fuertes y llevando sus propias cargas con normalidad cuando a mí me cuestan incluso las más livianas.
El sentirme diminuta no es algo nuevo, a veces pareciera como si siempre tuviese que mirar el mundo desde la fragilidad mientras todos intentan protegerme de quebrarme alguna parte de mi pequeño ser, como si en un mundo tan inmenso y lleno de personas yo sencillamente no encajara por tener que mirar todo a través de un cristal mientras a mí me observan con lupa.
A veces pareciera como si cualquier cosa me pudiera tumbar, como el soplido de aquellos transeúntes que vienen y van y accidentalmente dejan mil huellas; como los suspiros de aquellos que quiero o los besos que dejé de dar a la persona que amo. Es un juego de azar y me asusta no poder saber qué podrá conmigo primero.
A veces me asusta el asustarme demasiado.
Pero solo a veces.
...
Otras veces me siento como el rascacielos más alto del planeta, y contemplo a todos desde arriba sin entender muy bien porque la debilidad parece una cuenta de cobro que sencillamente no puedo saldar; como un huracán que puede destruir todo a su paso pero que decide no hacerlo porque el caos, a pesar de ser su estado natural, no es su mejor amigo.
Otras veces siento tantas ganas de salir a comerme el mundo mientras lo toco con las yemas de mis dedos y lo hago mío.
Otras veces me siento tan gigante que parece que nada ni nadie pudiera derrumbarme, y todo me fortalece: un beso suyo, una llamada de papá, una conversación con mamá. Todo. Y por un momento las cosas tienen sentido y se pintan de mil colores que yo, como toda una artista, manejo a mi antojo. Me vuelvo escritora de mi propia vida y la convierto en novela, me compongo canciones, me dedico poemas y ninguna ausencia es lo suficientemente helada como para acabar con toda esta fortaleza que me inunda.
...
Algunas veces me siento nada y todo resulta tremendamente agotador, incluso las cosas que a los demás les resultan tan fácil, el levantarme por las mañanas, el preparame algo para desayunar, el amar a alguien. Todo se vuelve tan pesado que incluso me da miedo que cualquier carga me aplaste en la más mínima distracción, y no lo entiendo.
Algunas veces siento que siempre será así, que pasaré de hormiga a rascacielos en cuestión de minutos y que el ciclo se vivirá repitiendo por el resto de mi vida hasta que sencillamente deje de sentir. Pero no siempre me asusta.
Algunas veces (casi siempre) soy valiente en verdad, y sigo con todo aunque le tema, y puedo con todo aunque me pese, soy valiente sin importar si soy una hormiga o un rascacielos, o incluso si no me siento nada ni nadie. Soy valiente. Soy capaz. Soy fuerte incluso cuando me siento hormiga porque al final del día sé que siempre podré crecer y escalar más alto.
Algunas veces tengo la certeza de que podré con todo.
Y,
al final del día,
siempre puedo con todo.
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