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La ciudad del tal vez.

Todos están desapareciendo y tengo miedo. 
Ana no llamó la noche anterior y temo que también haya sido esta su suerte.
En la ciudad del tal vez nunca nada es certero y poco importante es la espera pues termina siendo innecesaria; al final nunca vuelven.
Mi abuela solía decir que el misterio tras las desapariciones era que la gente de la ciudad del tal vez nunca sabía guardar silencio y que el silencio era un don que nos permitiría conservar nuestras vidas. Pero a mí nunca me gustó guardar silencio porque hablar era una de las mejores sensaciones existentes y porque narrar lo que pasaba era lo que le daba sentido al hecho de seguir aquí.
Las desapariciones sistemáticas comenzaron a ser parte de nuestro día a día y todos los habitantes estaban asustados, cerraban las puertas con doble llave y nunca respondían preguntas, el alcalde tenía miedo de abrir investigaciones porque entonces él sería el próximo, los negocios cerraron, mis amigos ya no venían a verme y mis padres habían dejado de dormir por las noches.
 -Parece como si la historia se estuviese repitiendo – decía la abuela- en el 85 todos mis amigos del periódico también desaparecieron y nunca tuvimos respuestas.
- ¿Por qué desaparecían, abue? – le pregunté en aquella ocasión.
- Porque hablaban de más – dijo ella firmemente.
- No hablemos de eso en casa – interrumpía mi padre- Las paredes tienen oídos.
En casa se prohibió volver a hablar del tema.
Como pude y a pesar de la desaparición de mis amigos cercanos, seguí con mi vida; a veces cuando los días no pintaban tan grises paseaba en mi bici por los al rededores del vecindario y escuchaba algunas charlas clandestinas que sostenían grupos de vecinos en cualquier esquina de la ciudad, memorizaba lo que decían y de esta forma llevaba un conteo de las desapariciones de las cuales nos enterábamos siempre así, por casualidad. Según lo que escuchaba les inventaba historias a esos rostros que ya no estaban y al llegar a casa se las contaba a mi abuela.


- Hablas de más, Jeimy. Hablar de más nunca es bueno - ella me decía esto cada vez que empezaba a contarle las historias. A pesar de lo que decía, sabía que le gustaban mis historias pero le daba miedo hablar y le daban miedo las personas que hablábamos, eso nunca había terminado bien. Así que, como su miedo era el habla y no las historias, comencé a escribírselas; escribir fue catarsis para mí y tranquilidad para mi abuela.

Pero escribir no hacía que las desapariciones cesaran e ignorarlas no hacía que no dolieran, todo lo contrario, dolían más porque pronto empezamos a quedarnos sin personas sobre quienes escribir historias o a quienes dárselas para que las leyeran, y cuando esto pasó dejó de tener sentido aquella frase de Nicanor Parra: "nunca fui el autor de nada porque siempre he pescado cosas que andaban en el aire" esas historias que yo pescaba del aire eran compuestas por rostros. Rostros que ya no estaban y que nunca volverían.
Habíamos aprendido a vivir con ello, con el miedo sobre el que Galeano escribió una vez, y la ciudad del tal vez pronto fue una ciudad desierta tras la última desaparición que yo no resistí: la de la abuela. No entendía cómo, de un momento a otro, todos los rostros con los que había crecido, reído y aprendido ya no estaban, no entendía cómo había sido sumergida en un espiral de ausencias que nunca dijeron adiós, todo a mi al rededor era denso y poco creíble. Fue entonces como, tras una reconstrucción de los hechos, lo entendí: al encontrarme frente a las desapariciones de las personas más cercanas a mí, había empezado a difundir mis historias de manera oculta en la ciudad del tal vez, a espaldas de mi abuela y de mis padres, las personas comenzaron a leerlas y recuperar de a poco las ganas de seguir puesto que en mis historias le daba un final feliz a las desapariciones y también les motivaba a no quedarse callados pues el miedo no podía regir en ninguna vida que valiese la pena ser vivida. 
Un día, en uno de mis paseos rutinarios en bicicleta fue que empecé a percibir lo desierta que se encontraba la ciudad y la ausencia de mi abuela, lo interpreté como el último nivel de las desapariciones: se habían llevado a todos. Pero no fue así, el lugar en el que me encontraba no era la ciudad del tal vez, y los rostros de los que me estaba perdiendo no se habían ido, porque la que habló de más, fui yo, y entonces lo supe, el cierre del espiral de las ausencias y desapariciones sistemáticas fue la mía, porque yo era quien no había guardado silencio y había motivado a los demás a tampoco hacerlo, y así como así había materializado el miedo de mi abuela.
Me había ido.

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