I
El abandono siempre fue un enemigo silencioso en la vida de Carmen.
Todo empezó con el desafortunado hecho de nacer en un corregimiento abandonado (Tasajera) ubicado en un pueblo abandonado (Pueblo viejo, Magdalena) donde la mitad de su gente ni siquiera tenía agua potable.
La vida nunca fue fácil, desde pequeña tuvo que enfrentarse a la pobreza y a la frialdad de una familia disfuncional en la que su padre casi siempre estaba ausente, a veces porque tenía que rebuscarse la vida como pescador, y otras sencillamente por el desinterés que le caracterizaba.
Esta situación solo fue el prefacio de lo que se veía venir: el abandono de su padre. Con tan solo diez años Carmen tuvo que hacerle frente al vacío y a la sensanción constante de soledad, esa que inicia en la boca del estómago y parece no tener final, esa que estaba ahí a pesar de la presencia de su madre y sus hermanos que debieron trabajar más fuerte que nunca para que el hambre no fuera tan frecuente en casa, trabajar en lo que pudieran, en lo que la ubicación del lugar en el cual no habían elegido nacer, les permitiese, casi siempre eran ventas ambulantes, las cuales dependían del flujo vehicular que existiera en la carretera que quedaba a orillas de su corregimiento; su hermano mayor Eugenio trabajaba en el mercado del pueblo contando los pescados que llegaban en botes directamente desde la Ciénaga grande de Santa Marta, entre eso y las ventas ambulantes se mantenían a flote.
Pero no todos los días eran buenos, no todos los días transcurría gente en las carreteras, ni todos los días los pescadores obtenían resultados, lo cual hacía que tuvieran épocas de hambruna y escasez. Pero así era la vida, no la conocía de otra forma y probablemente nunca lo haría, así que, en medio del destino que le había tocado, habían buenos días, como aquellos en los que jugaba toda la tarde con sus amigos a "la lleva" el "tin tin, corre corre" o a "las escondidas" las risas, en ese entonces, eran el placebo que le distraían de su realidad.
Y así transcurrieron los años.
- ¿Piensas que algún día saldremos de aquí? ¿Que podrás publicar un libro? ¿Que yo podré cantar en Madrid? - Era la pregunta que siempre le hacía a su mejor amigo Jaime, esta era ya una Carmen de 16 años. Aún nada cambiaba.
- No lo sé Carmencita, yo lo dudo, a duras penas podemos asistir a clases, y eso, cuando hay luz. - Le respondió Jaime en aquella ocasión.
- Es injusto. - Replicó ella.
- ¿Que no vayas a cantar en Madrid? me parece que hay cosas más importantes - le dijo este bromeando.
- Que no podamos elegir nuestro destino. Nada es más importante.
No hablaron más ese día, ni los siguientes, pues otro abandono llegó a su vida: la muerte de su madre, y Carmen tuvo que casarse a los 16 años con un pescador del pueblo para quitarle un peso de encima a sus hermanos y poder terminar, por lo menos, el bachillerato. A pesar de haber sido un matrimonio por necesidad, con el tiempo Carmen aprendió a quererle, y más aún cuando Néstor, su esposo, le dio su primer hijo dos años después al cual nombró como su padre.
- ¿Has pensado algún día en salir de aquí? podríamos empezar una nueva vida y yo podría tener más oportunidades en otro lugar, quizás ir a la universidad... o trabajar y ayudar con los gastos. - Nuevamente, Carmen se planteaba la posibilidad de salir de ese lugar el cual nunca nadie tenía en cuenta, en el cual no existían oportunidades, en el cual no se veía a largo plazo. En el cual su sueño de ser cantante nunca se materializaría.
- Es una idea estúpida - le respondió su esposo esa vez - lo único que sé hacer es pescar, y aquí lo hago, no sobreviviríamos en otro sitio, no conocemos a nadie, no tenemos estudios, nadie nos dará un empleo, ni mucho menos una oportunidad. Esta es la vida que nos tocó, Carmen. ¿Es que no eres feliz? con tu hijo, conmigo.
- Lo soy. Tienes razón, es una idea estúpida. - Mintió. Esa noche Carmen no pudo dormir.
El tiempo pasó y la juventud de Carmen se escapó, con ella sus sueños, y, al enterarse que estaba embarazada de su segundo hijo, un nuevo abandono llegó a su vida: el de su esposo. El día de su cumpleaños número treinta y dos Néstor no volvió a casa después de su jornada de trabajo, tampoco el día siguiente, ni el siguiente a ese. Néstor, su hijo, que ya tenía catorce años, esperaba sentado todos los días en la terraza de aquella casa, aún en obra negra después de tantos años, el regreso de su padre. Carmen, desde el segundo día supo que su esposo no volvería, estaba acostumbrada a ser abandonada, y esa sensación que apareció en la boca de su estómago con tan solo diez años y que representaba el vacío, nuca desapareció.
Dio a Luz a una niña, negra, como su madre, fuerte y con unos ojos tan grandes que se perdía en ellos de tanto mirarlos, fue un mensaje de la vida para que siguiera resistiendo, y supo, desde el primer instante que la vió, que había nacido para grandes cosas, para una vida mejor. La llamó Esperanza, porque eso era lo que ella había traído a su vida.
Quince años habían pasado desde estonces.
II
Raymundo odiaba esa sensación, la de esperar. En sus cincuenta años de vida no había hecho otra cosa.
Esperar que la situación mejorara, esperar esa llamada de la alcaldía que le confirmara que había sido contratado, esperar al domingo para poder descansar, esperar que en su municipio llegara el agua potable, esperar que pasen los años para una mejor vida...
Pero el agua potable nunca llegó, y la mejor vida tampoco llegaba, y los días solo pasaban, y la incertidumbre solo llegaba. La espera, la puta espera. Ese día en específico esperaba que le saliera alguna carrera, hacía 5 años que era mototaxista y vivía del rebusque, con este se mantenía a él y a su madre, unos días eran mejores que otros, pero siempre lo intentaba, sin embargo, esta ocasión era distinta, una pandemia mundial a causa de un virus extremadamente contagioso había obligado al país entero a entrar en cuarentena, todos tenían miedo, nadie salía, por ende, nadie necesitaba una carrera de mototaxi.
La cuarentena era difícil para todo el mundo, pero para Raymundo, que vivía en un municipio llamado Tasajera, en el cual, la mayor parte de sus habitantes vivían del rebusque, era letal. Ese día volvió a su casa (que estaba construída con pedazos de cartón y tablas, con techo de zinc, ubicada sobre montones de basura que caracterizaban su municipio) con las manos vacías. Al llegar, se encontró con un primo hermano que visitaba a su madre y que su oficio, al igual que el de la gran parte de habitantes en el pueblo, era la pescadería.
- Ajá, ¿y la familia? - Le preguntaba después de saludarlo.
- Bien, primo, mi mamá ahí anda, con los achaques, y Esperancita cada vez más biblia la pelada esa, va a llegar lejos primo, se lo digo yo. -Le respondió este con orgullo en los ojos.
- Es la más inteligente de la familia. ¿Y la pesca cómo va? - Le preguntó
- De eso si no tengo buenas noticias... desde que construyeron la troncal esa la pesca no va muy bien, la Ciénaga está demasiado contamida. - Dijo, esta vez con menos entusiasmo.
- Primo, ¿y qué tiene que ver el caldo con las tajadas? ¿Una carretera con pescados?
- Yo tampoco entendía, Raymundo, pero según me ha explicado Esperanza, obstruye el intercambio de agua dulce, o algo así, total que esto impide que los pescados vivan o por lo menos se reproduzcan como en la época de mi papá, que podía vivir solo de esto. Ahora es imposible, primo, imposible, y con la cuarentena, peor. - Néstor le respondía frustrado, el futuro era incierto.
Raymundo despidió a Néstor con un abrazo fraternal en el que le sugería que todo estaría bien, a pesar de que ni si quiera él mismo tuviera esa certeza.
III
6/07/2020
El miedo, Ana había vivido toda su vida con ese sentimiento, miedo a no progresar, miedo a que la deuda en su municipio de unos bonos que había comprado a uno de los gobiernos de turno, que prometían por fin traer agua potable (que nunca llegó) y construír un acueducto funcional (que nunca funcionó) nunca se saldara; miedo a nunca ver a su hermano menor yendo a la universidad. Miedo a que todos sus vecinos en Tasajera, tarde o temprano, terminaran yéndose.
Pero a pesar de haber vivido 19 años con miedo, nada se comparaba a la sensación que sintió esa mañana cuando los gritos de su hermano menor Deibys la despertaron.
- Me llamó Raúl, Ana, parece que un camión de gasolina se ha accidentado en la troncal, podemos coger un poco y venderla, así comemos mañana. - Le decía este emocionado
- No es buena idea, Deybis - Le respondió esta angustiada - Es peligroso, además, puede estar la policía pendiente de que no roben nada.
- Cuál robar, Ana, esos son caminones asegurados, y además la gasolina se está derramando, si no la tomamos, se pierde. - Decía este intentando convencer a su hermana mayor.
- No es buena idea, Deybis. - Repetía esta.
- De todas formas iré - Dijo este decidido - Cuando vuelva con el dinero para comer mañana no te vayas a disculpar.
Deibys salió de la casa azotando la puerta.
Ana sintió miedo.
IV
- Te busca Deibys, el vecino, Néstor - Esperanza se asomaba a la cocina donde se encontraba su hermano.
- Dile que no estoy, mínimo necesita plata, y no tenemos, Esperanza - Le responde este.
- Dijo que era urgente, viene emocionado, no parece que necesite plata. - Replicó su hermana.
Néstor salió intrigado, cuando lo vio en la puerta con un balde en la mano entendió la situación.
- Un camión de cisterna, trae gasolina, corre, ya todos están yendo. Raúl dijo que nos esperaba allá - Le dijo este lo más rápido que pudo.
Néstor sonrió, desde que se había ido su padre quince años atrás tuvo que aprender del oficio de la pesca, sin embargo, a raíz de la cuarentena y de la contaminación de la ciénaga este oficio cada vez le daba menos remuneraciones, este, consciente de que su hermana y su madre necesitaban comer, no lo pensó dos veces y fue corriendo a la cocina por un balde.
- ¿Qué vas a hacer, Néstor? - Le había preguntado Esperanza que lo veía con el balde en la mano mientras ella sostenía un libro.
- No preguntes lo que no quieres saber, Esperanza - Le respondió este con tristeza.
- Es peligroso, es un camión con gasolina, Néstor, puede haber hasta un incendio. - le dijo esta asustada.- Eso sin mencionar que están robando, qué nos ha enseñado mi mamá, hermano, principios morales.
- ¿Qué es lo moral aquí. Esperanza? ¿Qué está bien y que está mal? ¿Realmente estamos robando? ¿O quienes nos han robado son aquellos que nos engañaron con los bonos que tanto criticas? Mamá también nos ha enseñado a rebuscarnos la vida, y no estamos matando ni haciendo daño a nadie, tanto tú como ella necesitan comer. Creí que aquí la chica lista eras tú.
- No siempre puedo llevar esa carga. Solo, ten cuidado, ¿bueno? - Se acerca a su hermano y le besó la frente.
- Siempre - responde este - dile a mi mamá que esta noche cocino yo. Te amo.
V
Raymundo colgó la llamada de su primo, cogió un balde y salió de la casa despidiéndose de su mamá.
Se había cansado de esperar, ahora había que actuar.
Salió corriendo y en al costado de la carretera se encontró con su primo, con Deybis y con Raúl, y junto con ellos se acercó al camión que estaba volcado; con toda la rapidez que pudo empezó a llenar el balde que traía de gasolina, y a medida que veía este más cerca de llenarse, una sensación de felicidad le invadía, la venta de esa gasolina solucionaría varios días de hambre. Nada más importaba.
Todo fue muy rápido. Al principio la explosión sonó a lo lejos, pero luego, todos sintieron el aturdimiento del sonido en sus oídos, el fuego empezó a recorrer el camión entero, y, en segundos, los cuerpos de Néstor, Deybis, Raúl, Raymundo y todos los vecinos que esperaban encontrar en ese camión una oportunidad para seguir viviendo, no todo lo contrario.
El epílogo de la espera para Raymundo, el círculo vicioso de repetición del abandono para Carmen,y la materialización del miedo para Ana. Eso representó aquel camión volcado en la carretera.
Y luego nada.
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