Pasa siempre que llueve,
el invierno trae consigo cuerpos helados en busca de un refugio cálido,
cuerpos temporales.
El escampadero es quien siempre los recibe y les da confort, incluso aunque le cueste a este salir de su acostumbrada soledad.
El escampadero les da calor y un hogar en el cual reposar, en el cual botar todo, en el cual descansar.
Los cuerpos helados pronto empiezan a derretirse y a sentirse mejor, nadie nunca había hecho algo así por ellos, y lo saben, los cuerpos sienten gratitud y ganas de permanecer,
de borrar las heridas que el escampadero tiene y carga a leguas, porque son muchas.
Pero los cuerpos no permanecen y eventualmente se rinden con él.
Se rinden al notar que el escampadero tiene malos días y que casi nunca quiere dormirse temprano, se rinden al ver que el escampadero no es tan interesante como pensaban, como deseaban.
Luego escampa. Pasa el invierno, y con él se van las fuertes lluvias, y los cuerpos ya no necesitan más del escampadero, ya no necesitan más del refugio que este les ofrece, ni el confort, ni el calor, porque afuera ya no hace frío, y entonces, como si nada hubiese pasado, los cuerpos se marchan, huyen, no vuelven.
Y el escampadero, quien había tomado unos cuerpos fríos y débiles y había renunciado a la costumbre de su soledad, se sabe nuevamente solo y triste. Se siente abandonado.
Sin embargo, no es la primera vez que le sucede, siempre le pasa, y ahora el helado es él y la desgana se apodera de todo, y así,
hasta que lleguen nuevos cuerpos,
que al rato,
también se marcharán.
el invierno trae consigo cuerpos helados en busca de un refugio cálido,
cuerpos temporales.
El escampadero es quien siempre los recibe y les da confort, incluso aunque le cueste a este salir de su acostumbrada soledad.
El escampadero les da calor y un hogar en el cual reposar, en el cual botar todo, en el cual descansar.
Los cuerpos helados pronto empiezan a derretirse y a sentirse mejor, nadie nunca había hecho algo así por ellos, y lo saben, los cuerpos sienten gratitud y ganas de permanecer,
de borrar las heridas que el escampadero tiene y carga a leguas, porque son muchas.
Pero los cuerpos no permanecen y eventualmente se rinden con él.
Se rinden al notar que el escampadero tiene malos días y que casi nunca quiere dormirse temprano, se rinden al ver que el escampadero no es tan interesante como pensaban, como deseaban.
Luego escampa. Pasa el invierno, y con él se van las fuertes lluvias, y los cuerpos ya no necesitan más del escampadero, ya no necesitan más del refugio que este les ofrece, ni el confort, ni el calor, porque afuera ya no hace frío, y entonces, como si nada hubiese pasado, los cuerpos se marchan, huyen, no vuelven.
Y el escampadero, quien había tomado unos cuerpos fríos y débiles y había renunciado a la costumbre de su soledad, se sabe nuevamente solo y triste. Se siente abandonado.
Sin embargo, no es la primera vez que le sucede, siempre le pasa, y ahora el helado es él y la desgana se apodera de todo, y así,
hasta que lleguen nuevos cuerpos,
que al rato,
también se marcharán.
La escritora de éste poema está re rica. Créanme, la conozco :3
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