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Mostrando entradas de febrero, 2020

La triste teoría del escampadero.

Pasa siempre que llueve, el invierno trae consigo cuerpos helados en busca de un refugio cálido, cuerpos temporales. El escampadero es quien siempre los recibe y les da confort, incluso aunque le cueste a este salir de su acostumbrada soledad. El escampadero les da calor y un hogar en el cual reposar, en el cual botar todo, en el cual descansar. Los cuerpos helados pronto empiezan a derretirse y a sentirse mejor, nadie nunca había hecho algo así por ellos, y lo saben, los cuerpos sienten gratitud y ganas de permanecer, de borrar las heridas que el escampadero tiene y carga a leguas, porque son muchas. Pero los cuerpos no permanecen y eventualmente se rinden con él. Se rinden al notar que el escampadero tiene malos días y que casi nunca quiere dormirse temprano, se rinden al ver que el escampadero no es tan interesante como pensaban, como deseaban. Luego escampa. Pasa el invierno, y con él se van las fuertes lluvias, y los cuerpos ya no necesitan más del escampadero, ya no nece...

A ninguna parte.

De nuevo estoy aquí, en el mismo punto. Me asusta que esto nunca acabe, que la sensación permanezca, que el nudo en la garganta no se vaya y que la presión en el pecho me estanque. He descubierto que los héroes no existen, que si le das el poder a alguien de salvarte, también le estás dando un arma para destruirte. He descubierto que me has vuelto débil, y que he perdido la chispa. Y ya no hay nada. Solo este constante temor a volverlo a intentar, de volver a caer. Estoy demasiado agotada de siempre caerme, estoy demasiado agotada de estar llena de cicatrices y de siempre tener que reinventarme. Quiero que pare. Que todo pare. Me quiero bajar y no puedo, no puedo. ¿A dónde me he ido?