Pasa siempre que llueve, el invierno trae consigo cuerpos helados en busca de un refugio cálido, cuerpos temporales. El escampadero es quien siempre los recibe y les da confort, incluso aunque le cueste a este salir de su acostumbrada soledad. El escampadero les da calor y un hogar en el cual reposar, en el cual botar todo, en el cual descansar. Los cuerpos helados pronto empiezan a derretirse y a sentirse mejor, nadie nunca había hecho algo así por ellos, y lo saben, los cuerpos sienten gratitud y ganas de permanecer, de borrar las heridas que el escampadero tiene y carga a leguas, porque son muchas. Pero los cuerpos no permanecen y eventualmente se rinden con él. Se rinden al notar que el escampadero tiene malos días y que casi nunca quiere dormirse temprano, se rinden al ver que el escampadero no es tan interesante como pensaban, como deseaban. Luego escampa. Pasa el invierno, y con él se van las fuertes lluvias, y los cuerpos ya no necesitan más del escampadero, ya no nece...
Escribir es resistir.